- ¡Quédate quieta, Leah! – dije algo exasperada – Terminaré por sacarte las cejas que no debo.
- ¡Es que eso duele, Ellen! – dijo sobándose el área depilada de por encima del párpado.
- Aguanta, ya vamos a terminar. – la alenté.
Retiré tres vellos más.
- ¡Listo! Mírate – dije señalándole el espejo de mi baño.
Se puso de pie y se acercó a su reflejo.
- Se ve bien, Ellen. Mis ojos se ven diferente.
Sonreí complacida.
- Y eso que aún no te he maquillado.
Se volteó hacia mí de golpe.
- ¡Ah no! ¡Maquillaje, no! – dijo asustada.
- ¡Ah, sí! ¡Claro que sí! – la remedé – Te pusiste en mis manos; ahora te la aguantas. Además te gustarán los resultados. Confía en mí.
Se quedó callada y tomó asiento en la silla.
Debo admitir que la piel de Leah era como para envidiarla. Totalmente perfecta y sin marcas.
Así que no fue una ardua tarea el maquillarla. Como ella no estaba acostumbrada a tanta parafernalia; pasé de la base; solo apliqué un poco de corrector de ojeras y polvo volátil. Unos toques de sobra a juego con su tono tez. Un irrisorio toque de rubor. Y para el gran final, un brillo labial color melocotón.
- A mí me gusta el resultado. No se a ti. – le comenté.
Se giró hacia el espejo y se quedó boca abierta.
- ¿Esta soy yo? – preguntó con lágrimas a punto de desbordarse.
- Sí. Pero repotenciada. – dije a manera de juego.
En un gesto muy ajeno a su habitual conducta. Me tomó de las manos y me miró a los ojos.
- Gracias, Ellen. No tenía porqué ayudarme y aún así lo hiciste. No tengo como pagarte.
- Si tienes. – me miró confundida – Ve y exígele al destino que te dé lo que mereces. Con eso estaré satisfecha.
- ¿Por qué lo haces? ¿Qué ganas con esto?
- Lo hago porque te considero mi amiga. Y porque no soporto las injusticias.
Se rió.
- Está bien. Entonces exigiré mi pago.
Ambas sonreímos.
- ¡Esa es la actitud de una ganadora! – le felicité – Ahora vamos a buscar ropa para ti.
Se mostró renuente y apenada.
- No aceptaré un no por respuesta.
Luego de probarse cuatro vestidos casuales, finalmente Leah se decantó por uno color crema. Era ajustado al cuerpo, muy fresco y llegaba a medio muslo. Le quedaba como pintado.
Tuvo que usar unos zapatos que mi mamá tenía destinados para donar. Casi nuevos por cierto. Eran unas zapatillas sencillas de color mostaza; no estaba acostumbrada a los tacones; y todo eso lo combinamos con una cartera del mismo tono que el calzado.
- Estás lista. – le anuncié.
- ¿No parezco un disfraz? – preguntó preocupada.
Puse los ojos en blanco.
- No ¿Cuántas veces te lo voy a repetir? Te ves genial, Leah.
- Debo ir a mi casa. Y eso queda un poco lejos. Así que mejor me voy.
- Yo te doy el aventón hasta la frontera. – los límites del tratado no estaban tan rígidos como hasta un tiempo atrás de mi llegada, pero se seguía respetando. – Pero tú me avisas en donde queda, porque yo no tengo idea.
- Si. Gracias. Le diré a Seth que me recoja, entonces.
- Vale, toma el teléfono. – le di mi celular.
Íbamos en camino a la reserva cuando ella empezó a detallar el interior del Mustang.
- ¡Vaya! Qué lindo auto, Ellen.
Le sonreí.
- A mí también me fascinó. Fue amor a primera vista.
Ambas nos carcajeamos. Luego ella se acomodó en su sitio.
- Los asientos de cuero están geniales. Y el equipo de sonido…
- ¿Esta bestialidad? – la interrumpí – Fue obra de Emmett. Solo mi hermano es capaz de adquirir un aparato que haga tanto ruido ¿Quieres probarlo?
- No. Quizás otro día. Hoy no necesito que nada me “altere”.
Me reí.
- Tienes razón.
Manejaba a 140 kilómetros por hora en la carretera, mientras acercaba a a Leah a su destino.
- Suerte con todo. No te vayas a “alterar”… - empleé el mismo término que ella le daba a cambiar de fase – por nada del mundo. Y disfruta al máximo.
- Gracias, otra vez. Ya sé que debes haber perdido la cuenta de las veces que te lo he dicho hoy, pero estoy muy agradecida contigo. Cuando vuelva; me daré una vuelta por tu casa.
- Como quieras. Te espero, entonces. – dije mientras me estacionada en la línea divisoria.
Leah descendió del auto.
Seth esperaba a su hermana en un Volkswagen de color rojo, algo destartalado.
Leah descendió del auto y el chico se quedó boca abierta al verla.
- No…te atrevas…a decir…nada. – dijo de manera amenazadora.
Puse los ojos en blanco, ella no cambiaría de un día para el otro.
El bajó los hombros como signo de rendición. Al verme sacudió su brazo y gritó.
- ¡Hola, Ellen! ¡Lindo Mustang! – su blanca sonrisa refulgía contra su tez rojiza.
- ¡Hola, Seth! – lo saludé desde la frontera - ¡Muchas gracias. Está a la orden!
- ¡Quizá te tome la invitación!
Leah le dio un codazo en las costillas. De acuerdo a lo que escuché, fue algo fuerte.
- ¡Cuando gustes!
Me despedí con la mano, di una rápida vuelta y tomé el camino de regreso.
Por primera vez coloqué un CD que tenía en la guantera.
Era de baladas clásicas, interpretadas por cuatro tenores que me fascinaban.
Debía agradecerle a Emmett de nuevo por el estéreo. Era como llevar a los cantantes conmigo.
Una de las melodías hablaba de cómo se siente cuando ves a la persona que amas. Las sensaciones que despierta alguien con solo una mirada.
Y la letra no era lo único que penetraba, la música también era dulce y cadenciosa; atrayente e hipnotizante.
Me fue imposible no recordar a…alguien. Sonreía como tonta al parabrisas.
Apenas y me di cuenta cuando atravesé la entrada a mi casa. Iba sumergida en mis pensamientos.
No quería enamorarme, no me gustaba sufrir. Había visto por las atrocidades que habían atravesado mis hermanos; según ellos valió la pena al final; pero yo le huía al dolor. No deseaba experimentarlo.
- ¡Ajá! – salió Emmett de entre los arbustos.
Di un volantazo y tuve que girar con premura para no estrellarme contra uno de los grandes árboles de la casa.
- ¡Con un demonio! ¿Estás demente? – le grité por la ventana.
El infame se doblaba a causa del ataque de risa que tenía.
Aceleré y llegué rápidamente al garaje.
Mientras esperaba que la puerta se abriera. Em apareció afuera. No dejaba de sonreír.
Estacioné mi auto dentro y salí del mismo.
- Debías haber visto tu cara de susto, Ellen. Fue todo un poema.
Entrecerré los ojos.
- ¿Te imaginas que hubiese pasado si me estrellaba contra el árbol?
Puso los ojos en blanco.
- Eso no es posible. Serías la neófita con los reflejos más lentos del mundo. – comenzó a reírse de nuevo.
- ¡Eres incorregible! – dije frustrada.
- Ven aquí, pequeña. – me haló hacia su costado y me pasó el brazo por el hombro - ¿En qué pensabas que te traía tan distraía?
<<!Piensa rápido! ¡Piensa rápido!>>
- Ehh… venía pensando en que la semana que viene llegará la fulana Zafrina. Eso me tiene ansiosa. – me excusé antes de que notara la mentira.
- ¿Por qué? – preguntó extrañado.
- Porque puede ser que no le agrade. Carlisle dijo que era muy estricta.
- ¡Bah! Esas son tonterías. Si le agradó Bella; que es la asocial de la casa; tú le encantarás. – su sonrisa brillaba.
- ¿Tú crees?
- Estoy seguro. Y si no; pues usamos a Jasper para que la mantenga en un letargo constante hasta que se vaya. – la maldad se dibujó en su cara de niño travieso.
Lo empujé mientras seguíamos adentrándonos en la casa.
- ¿Cómo se te ocurre? Menos mal que papá no te escuchó. Si no te encerraría hasta que yo terminase mis lecciones. – le susurré.
Ambos reímos.
Nos topamos con Jasper en la escalera.
- Te estaba esperando, Ell. – dijo mi pragmático hermano.
- ¡El paseo en moto! – grité emocionada cual niña.
Él asintió.
Me deshice del abrazo de Emmett.
- ¿Nos vamos ahora? – pregunté.
- Si tú quieres. – me sonrió con complacencia.
- ¡Claro que sí! – me paré sobre la punta de mis pies y le di un rápido beso en la mejilla a Emmett – Hasta más tarde, bestia.
- Diviértete, peque. – exclamó sonriendo.
Corrí de nuevo hacia el garaje, pero antes escuché a Em decirle a Jazz algo.
- Cuídala. No le quites los ojos de encima. Avísame cualquier cosa. – dijo con tono protector.
Meneé la cabeza incrédula. <<Ni que yo fuese una frágil mortal…>>
- Ponte el casco. – dijo Jasper entregándome un objeto negro, un poco grande y de aspecto escasamente favorecedor.
- Esto es absurdo. Un choque no puede hacernos daño. – dije intentando rebatir la idea.
- Pero nos podemos topar con la policía. Y no me gustaría ser el primero de la familia en ganarme una multa. – me sonrió.
- Buen punto. – acordé mientras me colocaba el condenado casco.
- Además; Alice dijo que me veía sexi. – derrochaba olas de arrogancia.
Me eché a reír.
- ¡Te atrapé! ¡Esa es la verdadera razón!
Ni se molestó e contradecirme. Ambos nos carcajeamos mientras él se colocaba que chaqueta que le había regalado por navidad.
- ¡Oh! Te queda bien. – le alagué.
Puso una sonrisa torcida y se acomodó en la moto.
- Súbete, Ellen.
Le obedecí y arrancó su bólido plateado.
Correr era estimulante. Pero alcanzar grandes velocidades a través de un vehículo, era liberador.
El viento golpeaba contra cada centímetro del frente de mi cuerpo. Entraba a chorros por mi boca que iba a medio abierta, al estar tan extasiada.
Una parte de mi cabello fluía libre por debajo del casco, acariciando mi espalda.
Era una de las mejores experiencias que había probado. Resultaba asombrosamente grato, que disfrutase tanto de una simple salida. Durante unos minutos disfruté de más libertad de la que había probado hasta entonces.
El paseo terminó quizás demasiado rápido. Por lo menos para mí.
Al bajarme me despojé del molesto objeto “protector” y se lo devolví a su dueño; quien había descendido de la moto.
- Toma, Jazz. – dije mientras se lo entregaba – Muchas gracias. La pasé muy bien. – le sonreía complacida.
Me observó gratamente sorprendido.
- ¿En serio te gustó? Pensé que no; puesto que no dijiste mi una sola palabra durante el viaje.
- ¡No! Al contrario. Me gustó tanto que no despabilé hasta llegar acá. – mi voz sonaba como la de una niña.
- Entonces, misión cumplida. – asintió sonriente.
Le di un beso en la mejilla y entré en la casa.
Fui abruptamente interrumpida en mi ida hacia mi habitación.
- Hola, Ellen – dijo Adrien entusiasmado. - No le había hoy.
Le contesté de manera educada.
- Hola. Es que fue un día bastante ajetreado.
En ese momento mi celular sonó. No reconocí el número.
- ¿Bueno? – dije extrañada.
- ¡Ellen! – era Leah sobresaltada.
- ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así? - estaba súbitamente preocupada.
Mi amiga tomó aire de forma sonora.
- Algo ha pasado. No puedo creerlo – estaba frenética.
- ¿Pero qué diablos te pasa?
- Es Andrew. Bueno…soy yo. ¡Impronté a Andrew! – sonaba incrédula ahora.
- ¿Qué? – casi grité – espera un momento. – bajé el teléfono y me dirigí a Adrien – Es algo urgente. Discúlpame.
Me hizo un gesto con la mano para que prosiguiera.
Bajé las escaleras y me senté en el sofá de la sala.
- ¿Estás segura de haber generado impronta, Leah?
- Sí, sí. Fue lo mismo que los chicos sintieron. Acuérdate que compartimos pensamientos. – la alteración continuaba latente en su voz.
- Tienes razón ¿Ya hablaste con Andrew? ¿Le contaste la verdad? – pregunté ansiosa.
- Sí. – solo dijo eso.
- ¿Y? – presioné.
- ¡Lo entendió todo, Ellen! – subió su voz unas cuantas octavas por la emoción. Luego la normalizó para agregar - …Bueno; no es que la imprimación le deje con muchas opciones pero…¡Me aceptó tal cual como soy!
- Estoy tan feliz por ti, amiga.
- Gracias. Y lo mejor de todo es que… - parecía que su mente estaba en otro lado mientras hablaba – ya no hay hoyos o heridas que cicatrizar. Es como si por medio de la existencia de Andrew, haya conseguido perdonar a Sam – se notaba plácida y satisfecha.
Entendí en ese instante que Leah había encontrado a su destino. Que sufrió más de lo posible, y hasta se vio humillada por su propia naturaleza al obligarla a permanecer cerca de lo que le hizo tanto daño. Pero que a pesar de todo, la vida la premió por no echarse a morir; y su recompensa fue su alma gemela.
- Por fin recibiste lo que merecías. El universo te hizo justicia. – le comenté con sinceridad – Ahora ambos tienen muchas cosas de que hablar… - me interrumpí para preguntar algo importante – Hablando de eso… ¿Por qué no estás con él ahora?
- Fue a buscar algo dentro de su casa. Yo aproveché para pedirle prestado su teléfono para llamarte. – comentó feliz.
- ¿Y quién te dio mi número?
- Oh, disculpa si te incomodé; pero llamé a Jacob para pedir el número de tu casa, y me respondió la señora Esme. Así que fue ella. Insisto, no quería importu…
- No te preocupes. Además me parece comiquísimo que hayas hecho todo eso para buscarme.
Sonreí sonoramente.
- ¡Qué ironía…la loba y la vampiresa! Definitivamente no es una amistad muy común. – se rió con displicencia.
- Es de lo más bizarra. – admití - ¿Alguien más sabe acerca de esto? – le pregunté ya seria.
- No. Aún no. Es que so sabía como contárselo a Jacob. Así que prefiero decirle en cuanto vuelva.
- Vale. Entonces me guardo el secreto.
- No es un secreto, Ellen….¡Oh…ahí viene1 no quiero que piense que soy una abusadora. Hablamos cuando regrese. Adiós y gracias.
Trancó el teléfono.
- A…dios. – dije al celular pitando.
- ¿Dilemas femeninos? – preguntó Adrien a unos cuantos pasos detrás de mí.
- Más bien; molestia porque la “gente” escucha conversaciones ajenas. – dije entre dientes.
Se sentó a mi lado.
- Auch! Me lo merezco. Pero debo acotar a mi favor; que le oído vampírico es algo que no concede mucha privacidad que se diga. Y si a eso le anexamos el tono que utilizabas, pues es aún más difícil no enterarse. – sonreía con ciertos aires de superioridad.
De haber tenido sangre en las venas me hubiese sonrojado.
- Entonces soy yo quién debe una disculpa. – admití algo reacia.
- Dejémoslo en un simple incidente por parte de ambos. ¿te parece? – dijo mientras se acercaba un poco a mí.
Esta vez advertí con mayor claridad sus facciones. No porque antes no la hubiese visto, sino porque en esta ocasión me tomé la libertad de enfocarme en cada uno de sus rasgos.
Su rostro era deliciosamente aniñado. Su cabello era ondulado y de un tono castaño claro. Sus ojos eran seductoramente almendrados; en mi interior trataba de adivinar cuál había sido su color antes de ser topacio, como lo eran ahora; me decanté por el verde, pues me parecía más probable que así fuesen. Tenía unos pómulos poco prominentes; pero que anexos a su cuadrado mentón; le conferían cierta rudeza y un aire varonil. Dejé su boca de último. Quizá porque hacía mi recorrido de manera descendente; porque algo dentro de mía sabía que los mismos tendrían él magnetismo de un imán sobre el metal.
Sus labios eran tan prefectos, que parecían haber sido dibujados por un artista de gran precisión. El superior era un poco más fino que el de la parte inferior. Este aspecto llamaba notablemente la atención. Le agregaba cierto aire de sensualidad, que no sabía si él estaba al tanto de tener.
Adrien también me miraba, pero reaccionó un segundo antes que yo. Y su expresión fue de curiosidad.
- ¿En qué piensas, Ellen? – sus ojos se internaron en los míos súbitamente interesados.
Tuve que pensar rapidísimo para decir algo que fuese creíble.
- Eh…trataba de adivinar el color de tus ojos cuando eras humano. Me inclino por el verde. – comenté esto sintiéndome la más tonta entre las tontas.
Él encontró mi comentario muy divertido; puesto que se echó a reír con ganas.
- Pues acertaste ¡Tin Tin Tin! – imitó el sonido de una campana de un show de concurso.
Ambos nos reímos. Pero por mi parte no solo de su comentario; sino también de alivio.
Cuando nos quedamos callados, en mi caso mirándome las manos; estaba un poco tímida en ese momento; Adrien habló de nuevo.
- ¿Con qué te entretienes, Ellen? Digo; no creo que andes paseando a diestra y siniestra. – me imaginé que se refería a mi salida con Leah, y luego con Jasper.
Me sentía sorpresivamente cómoda en su presencia, y fue en ese momento cuando noté que esta era nuestra primera conversación fluida.
- Pues…Me gusta ver el atardecer en el patio. – Me atraen los colores del cielo, así sea un día gris o de lluvia. Resulta muy conveniente en estos casos; el no ser conveniente a los catarros. – me reí y él hizo lo mismo – También me gusta leer, y de vez en cuando escuchar música en mi iPod. ¡Ah, y amo luchar con Emmett! – añadí.
Me veía gratamente divertido. Como si todo lo que le contaba lo entretuviese y le gustase a la vez.
- ¿A ti que te entretiene? – por muy extraño que parezca, comenzaba a sentirme interesada por lo que él hiciese.
Hizo un gesto de estar analizando su respuesta.
- Leer. Me fascinan los animales; quizás porque nos huyen al sentirnos. También me encanta escuchar música; incluso sé tocar la guitarra clásica. – no sé muy bien por qué, pero ese detalle me gustó – a veces pinto y ….- hizo una breve pausa y me miró a los ojos de forma ininteligible – Veo al cielo. No sé si busco algo en él, pero es algo que me relaja.
Sonrió de manera dulce.
- Tenemos algo en común, entonces. – le contesté.
Él asintió.
De pronto sentí que el ardor en mi garganta se incrementaba, no era fuerte. Pero nunca dejaba que se intensificara mucho. No me agradaba la idea de convertirme en una neófita desquiciada.
- Bien. – dije me ponía de pie. Adrien me imitó. – Fue una buena conversación, pero siento que debo ir de caza. Hablamos luego ¿te parece?
- ¿Y a ti no te “parece”…- utilizó el mismo término que yo en su propuesta – mejor si yo te acompaño?
Para mi sorpresa, sí se me antojaba.
- Pues sí. Vamos. – le dije.
Nos topamos con mamá y Carmen al salir de la sala.
- ¿Vas a salir, cariño? – preguntó Esme.
- Sí. Me voy de caza con Adrien. No tardaré. – le contesté.
Ella sonrió de manera esperanzada. Eso no me gustó.
- Gracias. – le dijo mi madre a ahora acompañante – No nos agrada que ella salga sola debido a los últimos acontecimientos que te comenté.
<<¿Qué? ¿Ahora él estaba al tanto de la existencia de Thomas? ¡Genial! Otro más que la satanizará.>>
- No tiene nada que agradecer, señora Esme. Ella regresará bien. Yo me encargaré de eso. – dijo con solemnidad.
<<Con razón se ofreció de inmediato>>, automáticamente me arrepentí de haber aceptado su compañía.
Carmen veía a Adrien como una madre en el primer día de escuela de su hijo.
Necesitaba salir de ahí cuanto antes.
- Hasta luego, mamá. – le dije seria y me dirigí a la puerta que se conectaba al garaje, sin mirar atrás.
Lo escuché seguir mis pasos.
Me acerqué a mi vehículo. Desactivé la alarma y entré.
- ¿Vamos en auto? - me preguntó extrañado.
Ya estaba acomodado a mi lado.
- Sí. Voy algo lejos y no me apetece correr. Si no quieres ir… - lo dejé como invitación abierta. Con toda la intención de que él se quedara.
Aunque sabía que no habían muchas esperanzas de ello. Al parecer Adrien quería quedar bien con mi mamá.
- No, iré contigo. – dijo en cierto tono ofendido - ¿Estás molesta, Ellen?
- Mira, Adrien. No quiero ser grosera pero tampoco me gusta que me usen para agradarle a mi familia. Así que si gustas te dejo en donde quieras cazar y yo sigo mi camino. Incluso te pasaré a recoger para que lleguemos juntos y nadie sospeche; pero te aclaro algo: No necesito que me “cuiden”. – hice un ácido énfasis en la palabra.
Iba a retirar el freno de mano cuando él puso su mano sobre la mía.
- A la única que he querido impresionar desde que llegué es a ti. – luego se separó para acomodarse en el puesto de copiloto. – pero veo que nada me sale bien. Tienes un carácter muy fuerte, Ellen.
Eso me avergonzó demasiado.
Me giré hacia él.
- Lo siento. No era mi intensión ser tan descortés. Es que me sentí usada. – me excusé pobremente.
Él sonrió dulce y comprensivo.
- Disculpa aceptada. – luego cambió sus facciones como si no hubiese pasado nada. Trancó la puerta de su lado. - ¡Vámonos de caza!
Asentí y arranqué.
Decidí que quería ir un poco lejos, cerca de las montañas. Se me antojaba un puma, o quizás un oso. Nada de ciervos. Primero, porque saben mal y segundo, porque son demasiado tiernos para matarlos.
Prendí el estéreo y automáticamente sonó una canción del CD que escuchaba durante mi última salida. Lo habría dejado puesto.
Adrien me vio extrañado, luego sonrió.
- ¿Tenores?
Asentí.
- Sí. Con una mezcla de ópera y pop. Me fascinan. Además, son los mortales más hermosos que he visto hasta ahora.
- ¡Auch! ¡Segunda vez! – dijo agarrándose el área donde reposaba su inerte corazón – Es desmoralizante escuchar eso.
- ¿Por qué? ¿Qué dije? – quizás pequé por inocente.
- Pues porque llevo un buen rato tratando de hacerme merecedor de un halago tuyo. Y lo que consigo es una gran cumplido para cuatro humanos. Hieres mi orgullo, Ellen. – rió de manera traviesa haciéndome reía con él.
- Sabes que eres bien parecido, Adrien. Todos lo vampiros lo somos. Es una carnada.
- ¿Podrías dejar algo de mi ego intacto? ¡Lo necesito! – expresó de forma dramática.
Me eché a reír con todas mis ganas mientras aceleraba.
- Perdón…perdón… - acoté.
Comenzó una canción que hablaba sobre como el cantante quería hacerse merecedor del amor de una mujer.
Ambos la escuchamos en sumo silencio.
- Que letra tan interesante ¿No lo crees, Ellen?
Me miró de repente.
- Eh…es muy hermosa. – admití algo cortada.
De pronto comencé a sentir un influjo en mi cerebro. Una esencia que se apoderaba de mi mente.
<<¡Thomas! No puede ser…>>, el terror se apoderó de mis músculos.
Sabía que se estaba aproximando.
¿Qué haría? ¿Cómo saldría de su perímetro de alcance?
- Es linda… - dijo mi acompañante; que estaba ajeno a lo pasaba ¡Gracias a Dios! – Pero no más que quién llevo a mi lado.
- Gracias. – respondí en un murmullo y sin mirarlo.
Esperaba que interpretara el gesto como una muestra de mi timidez en vez de otra cosa.
Thomas se acercaba con rapidez. Ya estaba a menos diez kilómetros.
- ¿Conoces el amor, Ellen? – por el tono que empleó me di cuenta de que no hablaba acerca de si había leído sobre eso.
Su pregunta me trastornó un poco.
- No. – no le mentía. No estaba enamorada de Thomas, al menos por ahora; pero sí que iba encaminada. – Pero prefiero recorrer el mundo, conocer muchas cosas antes de eso. El amor lastima y yo no quiero sentir dolor. – admití mis miedos sin más ni más.
¿Por qué se me hacía fácil hablar de esto con Adrien? No tuve una respuesta para eso.
- Te equivocas. – dijo muy seguro – El amor no lastima. Lo hacen las situaciones, las personas, el hecho de no ser correspondido…pero no él. Y ya que no quieres saber nada del amor…
Thomas se acercaba con gran velocidad. Ahora solo estaba a solo cinco kilómetros de nosotros. En cualquier momento me toparía con él.
- …¿Te gustaría conocer el mundo conmigo? – preguntó Adrien algo nervioso.
El rastreador se detuvo. Y yo pisé al acelerador a fondo.
- ¡Sí! – dije satisfecha de haber escapado de Thomas.
- Fabuloso. – dijo mi acompañante rozagante de felicidad.
La esencia comenzó a alejarse con rapidez.
Un rayo de comprensión atravesó mi cerebro.
Con una simple palabra había ahuyentado a alguien y esperanzado a otro.
¡Menudo embrollo!
Espero que les guste el capítulo…espero poder subir pronto el video para que conozcan a Adrien. ¡Estoy ansiosa!
Quiero dedicarle este episodio a Vanessa, mi hermana y mi Alice personal; ¡Felicitaciones por graduarte mi niña!! Se te quiere…
Por cierto..la primera canción que suena en el playlist...es la que evoca a Thomas para Ellen..pronto subiré la de Adrien...XOXO

hermaa gracias por la dedicacion cada vez q veia lo del grupo de tenores me recorde a IL DIVO jejej y cuando vi el playlist pues resulta que era asi me encanta tu historia y el capitulo pobre ellen ahora como hara para retractarse ...TQM
ResponderEliminarDe nada herma...era lo mínimo que podía hacer por vos...jajajaja y CLARO QUE ERAN IL DIVO!! ya era hora que aparecieran por aquí...jajaja...y con respecto a tu duda...espera el próximo capítulo...buajajaja
ResponderEliminarAmi hasta ahora lo lei, como eso q ellen se va a conocer mundo eso le esperanza al pobre de adrian. dios q rollo la q se armo. Thomas no te alejes demasiado.
ResponderEliminarCuidate y Exitos
XOXOXOXOXO
POR DIOSSSSSSSSSSSSS..ACASO TODOS SON TEM THOMAS??? AJAJAJA
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